
Los responsables de la Administración de Bush ya planteaban la opción del cambio de régimen en Irak al poco de llegar al poder en 2001, según los testimonios escuchados en la primera jornada de la comisión de investigación de la guerra de Irak.
Tres ex altos cargos de los ministerios de Exteriores y Defensa iniciaron las comparecencias, dedicadas hoy a explicar cuál era la política británica hacia Irak en 2001.
En sus primeros contactos con el Gobierno de Bush, los británicos escucharon a sus interlocutores citar la posibilidad del fin del régimen de Sadam Hussein, aunque no existía aún en Washington una posición común sobre el tema. Londres se mostró en contra de la idea de propiciar el derrocamiento de Sadam, aunque era consciente de que mientras el dictador iraquí siguiera en el poder, Irak no podría reintegrarse en la comunidad internacional.
Sanciones sin efecto
La razón de estas discusiones, según Peter Rickets, director general del Foreign Office en esa época, es que tanto Londres como Washington creían que "la estrategia de contención (del Gobierno iraquí) estaba fracasando".
Las sanciones a Irak no eran efectivas porque los países de Oriente Próximo mantenían relaciones comerciales con Irak. Simon Webb, del Ministerio de Defensa, sí comentó que la impresión general es que el embargo de armas sí estaba funcionando en términos generales.
Los comparecientes admitieron que los países vecinos veían a Irak "más como un socio comercial en potencia que como una amenaza", una posición muy diferente a la de EEUU y el Reino Unido. A diferencia de los altos cargos de Bush, las autoridades británicas confiaban en 2001 en la capacidad de los inspectores de la ONU para hacer su trabajo bajo la batuta de Hans Blix.
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